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Llevamos varios días comentándolo. Ahora es tiempo de quedarse en casa, pero cuando todo esto pase, volveremos a viajar. Porque tenemos ADN viajero. Nos encanta descubrir nuevos sitios, aprender y disfrutar del patrimonio, la historia, la gastronomía y la naturaleza. Cuando todo esto pase, volveremos a la normalidad… ¡Y con más ganas que nunca! Por eso hoy queremos recordar un viaje pasado, pero no contado por nosotros, sino por una de sus protagonistas. Os dejamos la crónica que nos regala Carmen Bayod de su escapada «Más allá de las Edades del Hombre». Esperamos que la disfrutéis y que, por un momento, os teletransportéis con nosotros.

Dormir en la celda del Abad Aparicio, que dirigió el Monasterio de Santa María la Real en su época de esplendor, tiene su aquel. Aunque me hubiese hecho más ilusión la celda del Beato de Liébana que ocupaban mis vecinos Inmaculada y Jesús. Pero bueno, un Abad es un Abad aunque no ilumine textos.

Toda la Posada del Monasterio tiene un estilazo bárbaro con su fachada de vigas de madera y ladrillo cocido. Luego, por dentro también es sumamente atractiva: madera y ladrillo de nuevo y también piedra. Las habitaciones y los cuartos de baño más bien pequeños (estamos en unas celdas, después de todo) pero preciosas las puertas y ventanas de cristal emplomado.

Aprovechando que el Pisuerga TAMBIÉN pasa por Aguilar de Campoo nos dimos un paseo por su orilla como parte de una visita guiada por la ciudad admirando sus calles de limpio y elegante empedrado, sus casas blasonadas y la profusión de galerías acristaladas que nos recuerdan a la ya cercana Cantabria.

La Fundación Santa María la Real, a través de Cultur Viajes, nos había preparado un programa muy completo, así que tras el paseo fuimos a visitar el Monasterio en sí, al que está adosada la Posada y ¡vaya si lo visitamos! Menos mal que llevábamos velas porque en pleno templo se nos aparecieron las almas de diferentes monjes y personajes del Monasterio que nos hacían partícipes de sus quejas y lamentos: la viuda Doña Inés a quien no habían guardado sitio para ser enterrada junto a su marido, Domenicus, el maestro cantero que no encontraba la piedra donde había grabado su nombre Forra, la mujer mora que se casó con el herrero del cenobio o el pobre y anciano monje que andaba a duras penas y casi se nos cae por las escaleras.

Visita a las Iglesias del ‘Románico Norte’
El sábado lo dedicamos a lo que era uno de los dos principales motivos de la visita a la zona: El Románico Norte. Si hubiésemos tenido que ver todas las iglesias románicas de la región estaríamos todavía allí ya que cada pueblecito parece tener la suya, pero nuestro guía, el interesantísimo historiador César del Valle había elegido tres con muy buen tino puesto que cada una tenía características muy diferentes.

Cada uno tiene sus gustos, pero a mí particularmente me entusiasmó el templo rupestre de los Santos Justo y Pastor en Olleros. Originalísima iglesia de estilo románico (hasta ahí nada nuevo en la zona) pero totalmente escavada en la roca. Una maravilla; con sus columnas, su coro, sus bóvedas, todo ello como hecho de una pieza bajo el cincel del cantero.

Nuestra segunda iglesia, la Ermita de Santa Cecilia, estaba enclavada en una pequeña cumbre junto a la localidad de Vallespinoso de Aguilar desde donde, en un día de sol como el que tuvimos, disfrutamos de unas vistas que nos dejaban sin respiración.


Y para finalizar, la Ermita de Santa Eulalia de Barrio de Santa María que a su vez se distinguía de las anteriores por las magníficas pinturas que decoraban el ábside. Allí César cedió la palabra a la inefable señora Ascen, una entusiasta local que nos deleitó con sus conocimientos de la ermita y del pueblo.

‘Edades del Hombre’ en Aguilar
Por fin, el domingo le llegó la hora a la visita guiada de las Edades del Hombre, cuya exposición está repartida entre la Iglesia de Santa Cecilia y la Colegiata de San Miguel. El tema recurrente de este año, 2018, es la montaña, por lo que nos sumergimos en un mundo de cuadros y objetos de arte que nos transportan desde el Monte Tabor al Monte Fuji, el Vesubio, el Calvario, el Monte Carmelo, y que nos hablan del sermón de la montaña, de la escalera de Jacob y muchas otras historias y que nos dejan ya en condiciones de volver a Madrid, eso sí, celebrando el regreso con un buen lechazo al horno antes de partir.

 

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